Allí donde la calma reina, esa parte de nuestra mente que permanece inmutable e inteligible a través del tiempo. Ese momento en el que acaba la tormenta y solo queda una tranquilidad absoluta, un silencio eterno. Una mirada silenciosa. Un cielo donde nada cambia, y todo se mantiene tal y como se encuentra, sin una alteración, sin ningún tipo de intervención sobre la apacibilidad que nos rodea, que nos envuelve y nos sosiega; que nos acoge.
Se necesitaría una paz total, una paz sana e inmaculada, esa clase de paz que te deje dormir por las noche y te ilumine en la tormenta mas ajetreada. Una paz, tal y como la conocemos, inexistente, un estatus utópico, una realidad inalcanzable, un sueño roto inminente; esa paz absoluta e inalterable.
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